
Era el mes de Septiembre y llegaba la primavera con sus aromáticas flores y sus mariposas hermosas.
Marianita Flores, una linda niña de ocho años, estaba ilusionada, quería ver el cielo azul, los verdes campos, correr tras las mariposas; pero su madrastra no la dejaba:
-No mi niña, eres muy delicada, tu delicada piel el sol no soportará.
Además, para que quieres salir al campo, si tus piernas no te responden y en vano saldrás porque no disfrutarás y al ver a los demás niños correr más pena te dará.
-¡No mi niña eso no es para ti, mejor échate a dormir!
-Pero yo quiero salir señora Elena. Me gusta sentir el sol. Ver a los demás jugar y a las maripositas ver de colores de flor en flor saltar.
-¡Que no, te he dicho mi niña!, Pues, luego te pasa algo y tu padre a mí me reclamará.
Decepcionada y ante la negativa de su tutora Marianita se echa a llorar y de tanto llorar se queda dormida.
En sus sueños un Hada buena con cara de su madre fallecida le dice: Hijita sé que te gusta la primavera y quieres ver a los niños jugar, que te gustan las flores y también los pájaros y mariposas ver volar.
Bien amada hijita yo te haré crecer unas alitas y por la ventana volarás y al campo cercano irás. Jugarás a más no poder y en la tarde a tu camita volverás.
Marianita asombrada vio cómo le crecían alitas en la espalda y ni corta ni perezosa las extendió y salió por la ventana, no sin antes agradecer a su madrecita y besarle las manos y frente.
Marinita asombrada veía cómo se batían sus delicadas alas y acercándose al campo, vio un jardín lleno de rosales. Cogió una rosa la aspiró y se sintió complacida, luego fue a ver a los niños como jugaban con pelotas de trapo y las niñas correteaban mariposas y ella se fue con ellas porque las alitas le ayudaban.
¡Al fin ya no estaría atada a esa silla de ruedas que le incomodaban tanto!
Sí, ya podía disfrutar y correr como los demás niños.
Y así disfrutó mucho ese día de primavera jugando con las mariposas y las niñas.
Ya en la tarde regresó a su cuarto y se recostó en su cama satisfecha.
Al día siguiente despertó, se sentó en su sillita de ruedas y pensaba si eso en realidad, si había ocurrido o era un bello sueño. Pero se quedó asombrada cuando encontró en su mesita de noche una rosa rosada
(igual como la que vio esa tarde)
- Seguramente mi madre la dejó aquí (Pensó muy contenta)
Y desde ese día nunca más se sintió sola, y cada primavera en lugar de estar tan triste ella estaba muy feliz,
y su padre y madre sustituta se asombraban de ello.
Autora: Edith Elvira Colqui Rojas - Perú Derechos reservados
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